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Verbalia Comunicación - Antonio Guerrero Labrador
Antonio Guerrero Labrador

Antonio Guerrero Labrador

Es Experto en “Retórica y Argumentación Jurídica”, por la Universidad Complutense de Madrid (2001-2002) y Licenciado en Derecho, por la misma universidad, en 1.970. Ejerce como abogado desde 1974 en el ámbito del derecho público y privado. Formado en “Derechos Humanos de la Europa Comunitaria” en la Universidad “La Sorbona” (Paris, 1984). Ha sido Profesor de “Derecho Romano” de la Facultad de Derecho de la Universidad de Alcalá de Henares (2007-2009).

Estudioso y apasionado del mundo de la retórica, la argumentación y la oratoria, ha investigado en profundidad el arte de hablar en público desde la antigua Grecia hasta nuestros días. Y se ha formado con ilustres figuras en este campo, como por ejemplo: En “Oratoria”, con D. Alfonso Ortega Carmona (Profesor de la Facultad de Filología Clásica de la Universidad Pontificia de Comillas de Salamanca); con D. Electo García Tejedor (miembro del Cuerpo Diplomático); con D. Roberto García Carbonell; o en “Retórica”, con el Profesor D. Alfonso Ortega Carmona; o en “Argumentación”, con el Profesor D. Juan Luís Conde (Universidad Complutense: Facultad de Filología) en la Escuela de Letras de Madrid.

Ha realizado numerosas conferencias sobre retórica, debate y argumentación. Trabaja como formador y asesor de todo tipo de profesionales interesados en la mejora de sus competencias de comunicación y en varias escuelas de negocios como: en la Escuela Superior de Dirección de Empresas”, en el “International Management” en 2002; o en “Aliter”, Escuela de Negocios, desde 2.002 hasta 2.008.

Es director y profesor del Seminario de “Oratoria y Argumentación Jurídica”, de duración anual, en la Facultad de Derecho de la UAH, desde 2008 hasta la actualidad.

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El Abogado y la Palabra

                

Si las palabras están hechas de aliento y el aliento es vida,

no tengo yo vida ni aliento, para contar a nadie lo que me has dicho.

                                                                   W. Shakespeare, Hamlet.

 

Vamos a discurrir y, sobre todo, a introducirnos en una práctica que tiene que ver con una de las funciones de los instrumentos más preciosos de la profesión jurídica: el ejercicio de la abogacía. Para la presente reflexión hemos elegido los conceptos de: abogado y palabra.

Evidentemente se trata de que la imagen más poderosa, más eficaz que puede ofrecer una persona es la que brota de sí misma, sin que haya que acudir a ningún recurso externo, y eso está principalmente  en lo que se llama el fenómeno de la oralidad, es decir, de la capacidad y técnica de presentar el mensaje intelectual a través de esa emisión sonora que es la palabra.

Y ciertamente, en la palabra se proyecta la imagen más profunda y más reveladora de lo que uno es. La palabra es uno de los instrumentos más preciosos de la profesión del abogado, no en vano el término “palabra”, curiosamente desde su sentido profundo, nos viene a nosotros de la lengua griega parabole, que literalmente  significa “proyectil”. Es decir, nuestra palabra viene a ser ese disparo sonoro que explota así en el cañón de la boca, si vale la comparación, después de haber sido pasado por la fábrica de armas de nuestro cerebro.

No cabe duda de que la fuente primaria de nuestro conocimiento exterior es el modo en cómo nosotros nos expresamos, y que es lo que en el terreno de los juristas se llama la palabra total, la palabra entera.

Un abogado cuando sube a estrados, no es solo la emisión sonora del material que proyecta sino el modo como ese material suena en su totalidad. Y sonar significa que la palabra debe ser el resultado de la interrelación de factores como: Una idea clara, la selección del término adecuado para el caso concreto, un estilo y ornato adecuado, el apoyo de figuras retóricas… Pero a su vez, esa palabra debe ir necesariamente acompañada de un sentimiento, de un valor. Por ello, el abogado debe valerse también del gesto, de la mirada, de una voz emocionada…, de esos ritmos y ademanes que nos unen a símbolos ancestrales a través de nuestras manos o el rostro. Así, palabra y gesto, van a contribuir a que aquello que digamos penetre como un perfecto cuadro en la mente del juzgador y del auditorio.

Detalle de Escuela de Atenas

 El neoclásico Apuleyo cuenta en Las Floridas que Sócrates, mirando cierto día a un  joven que le acompañaba en completo silencio, se dirigió a él para decirle: Habla  para que te vea. Para él, efectivamente, callar equivalía a no dejarse ver.  Concebía la palabra como la gran estrategia de la visibilidad humana.

 Por otro lado, en El Banquete, de Platón, hay un diálogo crucial para entender la  dimensión de la palabra como estrategia de la visibilidad humana.

 Ya Catón, el censor, en el siglo II. a C., en sus Orationes nos presenta al orador.  Según su más que famoso precepto, debía ser un hombre probo y  recto, hábil con  la palabra “vir bonus dicendi peritus”.

 Y en las Partidas, el Titulo VI de la Partida Tercera se dedica a los abogados, y en  él la “Ley Segunda” reza del siguiente modo:

     Bocero es ome que razona pleito de otro en juyzio, o el suyo mismo, en demandando,      o en respondiendo. E ha assi nome, porque con boces, e con palabras vsa de su oficio.

 

Detalle de  la Escuela de Atenas de Rafael

La idea que se reitera es la de razonar los pleitos. El abogado es el que razona un pleito de otro en juicio y, como lo hace con la palabra, recibe la denominación de ad vocatus.

Vemos como la profesión del abogado ha tenido y sigue teniendo su apoyo y fundamento en  la oralidad, en la palabra. Ambos irán juntos en ese largo caminar en la defensa de los ciudadanos. Igual que la “parresia” de los griegos, se desarrolla con el nacimiento de la  democracia, que es la santificación, valga la expresión, del derecho a exponer de todo ciudadano, de la libertad de palabra, expresión y lenguaje. Sin ataduras, sin coacción, sin censura previa  y violencia.

 

Autor: Antonio Guerrero

 

               

Oratoria y democracia

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El arte de “Hablar en Público” nació en Siracusa (Sicilia) hace ya 2500 años, adquirió una enorme relevancia durante los siglos XIX y primeras décadas del XX en las escuelas europeas y, en la actualidad, las Universidades más prestigiosas del mundo vuelven a incluir en sus programas esta formación debido a la gran importancia que tiene en el desempeño de la vida profesional.

La retórica, o arte de bien decir, nos aporta las reglas para persuadir por medio del lenguaje. El primer testimonio de esta técnica o ciencia del lenguaje la encontramos en Sicilia, en el siglo V a C. Este fenómeno cultural e intelectual fue consecuencia de otro acontecimiento político: En la primavera del año 465 a C, es expulsado el tirano Trasíbulo, lo que condujo a la libertad democrática de toda Sicilia. Las tensiones y controversias legales, creadas en el régimen anterior, dio lugar a procesos judiciales que debían resolverse en debates públicos, donde el ciudadano debía defender sus derechos de manera personalísima, ya que no era permitido que otra persona hablara por él. Para facilitarlo, los siracusanos Córax y Tisias idean un método perfectamente organizado de debate y discurso, a fin de solicitar ante los tribunales (asamblea) la restitución de sus derechos. De este modo, el orador seguía una serie de pasos: Empezaba apaciguando a los elementos alborotadores, con palabras amables y halagadoras. Después calmaba y silenciaba a la gente, hablaba como si contara una historia, después resumía y recordaba lo ya dicho. Con esto el ciudadano lograba persuadir a la asamblea de igual forma que antes convencía a un solo hombre. Esta estructura (exordio, narración, argumentación y epilogo…) ha permanecido inalterable hasta nuestros días. También se ha conservado, durante siglos, la relevancia del aprendizaje del buen decir como método principal de desarrollo intelectual y social.

 

En la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, que constituye la esencia de la democracia y se hace patente y viva en los tres derechos del hombre a esa igualdad, a saber, el derecho al voto, el derecho a ejercer el poder público con los honores debidos y el derecho a expresar la propia opinión sin coacción ni censura previa, sin duda, es esto último la piedra angular en toda concepción democrática de la sociedad libre. Sin la facultad de hablar libremente, exponiendo el propio parecer para la mejor decisión y deliberación acerca del bien común, no puede existir verdadera democracia. Esta característica descubierta por los griegos, padres de la libertad europea, no ha perdido vigencia en las democracias modernas. Por esta, entre otras muchas razones, el arte de hablar en público ha sido la más mimada criatura de la Democracia. De ahí que la Democracia haya sido rica siempre en buenos oradores.

 
Pocas disciplinas se pueden parangonar con la que nos ocupa en cuanto a su importancia, ya no sólo desde el punto de vista cultural, sino también educativo. Aristóteles fue la primera persona que se dio cuenta de que el estudio de la retórica es el estudio de la humanidad misma. Cabe destacar, en este sentido, que en la Antigüedad y la Edad Media, la retórica ocupaba un tercio de la educación básica en Europa, y en nuestro país se estuvo impartiendo esta enseñanza en institutos y en la Universidad hasta bien entrado el siglo XX, que desapareció de los planes de estudio. Sin embargo, en la actualidad se ha vuelto a considerar su importancia y las universidades más prestigiosas del mundo incluyen dicha formación en sus programas, con el fin de capacitor a sus alumnos para el ejercicio profesional.

 
En sintonía con este creciente interés, también en nuestro país, políticos, juristas, investigadores, filósofos, hombres de negocios y en definitiva estudiosos de cualquier rama del saber demandan el aprendizaje del buen decir. Una buena exposición del tema, una hábil manifestación de los argumentos y una brillante transmisión de propuestas de la palabra eficaz, en la fórmula adecuada, en el poder sugestivo y persuasivo del orador, es casi siempre garantía de éxito. Y es que…

La cosa mejor, dicha de la mejor manera, persuasiva y convincente, exige consecuentemente hombres que sepan mejor y mejor digan lo que mejor conviene a todos.

 


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