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Verbalia Comunicación - Artículos

Artículos (4)

                

Si las palabras están hechas de aliento y el aliento es vida,

no tengo yo vida ni aliento, para contar a nadie lo que me has dicho.

                                                                   W. Shakespeare, Hamlet.

 

Vamos a discurrir y, sobre todo, a introducirnos en una práctica que tiene que ver con una de las funciones de los instrumentos más preciosos de la profesión jurídica: el ejercicio de la abogacía. Para la presente reflexión hemos elegido los conceptos de: abogado y palabra.

Evidentemente se trata de que la imagen más poderosa, más eficaz que puede ofrecer una persona es la que brota de sí misma, sin que haya que acudir a ningún recurso externo, y eso está principalmente  en lo que se llama el fenómeno de la oralidad, es decir, de la capacidad y técnica de presentar el mensaje intelectual a través de esa emisión sonora que es la palabra.

Y ciertamente, en la palabra se proyecta la imagen más profunda y más reveladora de lo que uno es. La palabra es uno de los instrumentos más preciosos de la profesión del abogado, no en vano el término “palabra”, curiosamente desde su sentido profundo, nos viene a nosotros de la lengua griega parabole, que literalmente  significa “proyectil”. Es decir, nuestra palabra viene a ser ese disparo sonoro que explota así en el cañón de la boca, si vale la comparación, después de haber sido pasado por la fábrica de armas de nuestro cerebro.

No cabe duda de que la fuente primaria de nuestro conocimiento exterior es el modo en cómo nosotros nos expresamos, y que es lo que en el terreno de los juristas se llama la palabra total, la palabra entera.

Un abogado cuando sube a estrados, no es solo la emisión sonora del material que proyecta sino el modo como ese material suena en su totalidad. Y sonar significa que la palabra debe ser el resultado de la interrelación de factores como: Una idea clara, la selección del término adecuado para el caso concreto, un estilo y ornato adecuado, el apoyo de figuras retóricas… Pero a su vez, esa palabra debe ir necesariamente acompañada de un sentimiento, de un valor. Por ello, el abogado debe valerse también del gesto, de la mirada, de una voz emocionada…, de esos ritmos y ademanes que nos unen a símbolos ancestrales a través de nuestras manos o el rostro. Así, palabra y gesto, van a contribuir a que aquello que digamos penetre como un perfecto cuadro en la mente del juzgador y del auditorio.

Detalle de Escuela de Atenas

 El neoclásico Apuleyo cuenta en Las Floridas que Sócrates, mirando cierto día a un  joven que le acompañaba en completo silencio, se dirigió a él para decirle: Habla  para que te vea. Para él, efectivamente, callar equivalía a no dejarse ver.  Concebía la palabra como la gran estrategia de la visibilidad humana.

 Por otro lado, en El Banquete, de Platón, hay un diálogo crucial para entender la  dimensión de la palabra como estrategia de la visibilidad humana.

 Ya Catón, el censor, en el siglo II. a C., en sus Orationes nos presenta al orador.  Según su más que famoso precepto, debía ser un hombre probo y  recto, hábil con  la palabra “vir bonus dicendi peritus”.

 Y en las Partidas, el Titulo VI de la Partida Tercera se dedica a los abogados, y en  él la “Ley Segunda” reza del siguiente modo:

     Bocero es ome que razona pleito de otro en juyzio, o el suyo mismo, en demandando,      o en respondiendo. E ha assi nome, porque con boces, e con palabras vsa de su oficio.

 

Detalle de  la Escuela de Atenas de Rafael

La idea que se reitera es la de razonar los pleitos. El abogado es el que razona un pleito de otro en juicio y, como lo hace con la palabra, recibe la denominación de ad vocatus.

Vemos como la profesión del abogado ha tenido y sigue teniendo su apoyo y fundamento en  la oralidad, en la palabra. Ambos irán juntos en ese largo caminar en la defensa de los ciudadanos. Igual que la “parresia” de los griegos, se desarrolla con el nacimiento de la  democracia, que es la santificación, valga la expresión, del derecho a exponer de todo ciudadano, de la libertad de palabra, expresión y lenguaje. Sin ataduras, sin coacción, sin censura previa  y violencia.

 

Autor: Antonio Guerrero

 

               

collage politicos

Comienza la cuenta atrás de la campaña electoral y los políticos compiten entre sí tratando de mostrar la mejor imagen y oferta posibles. Con este fin múltiples expertos, escuelas y asesores de imagen y comunicación saltan a la palestra para anunciarse imprescindibles y, de paso, ofrecer sus opiniones sobre los estilos comunicativos de los representantes de cada partido. Vivimos pues un momento muy interesante no sólo desde el punto de vista político y social sino también desde los valores y la cultura que rodea a todo este marketing.

Se suele repetir y aceptar sin discusión que un político no puede desarrollar su carrera o ganar unas elecciones sin ser asesorado o entrenado para exhibir la mejor imagen o expresarse con el lenguaje más persuasivo. Pero ¿Por qué sería necesario para un político suficientemente formado,  comprometido, motivado por la causa y honesto recibir tal asesoramiento? ¿A caso no puede valerse por sí mismo? ¿No es suficiente con su pensamiento, actitudes y sentimientos para conectar, hacerse comprender, influir y convencer a los ciudadanos? ¿Acaso si se muestra tal como es podría perder votos? ¿Cómo saber entonces quién es el político? Y, en cualquier caso, ¿eso importa?

El término “asesores de imagen” nos debería de poner en alerta y concienciarnos de lo que ello implica: lavar la cara, decir cuándo y cómo   hay que sonreír (cuidado con el sonreír cuando se carece de sinceridad, ya lo advertía Shakespeare en Hamlet: “Puede uno sonreír y sonreír y ser un bellaco”).

La captación urgente de votantes, lleva a la búsqueda del impacto inmediato y pone el acento necesariamente en la imagen física, en el vestuario, en la gesticulación acorde con un modelo prediseñado, en el uso de frases cortas que movilizan emociones… A su vez, la importancia de la repercusión en las redes propicia el carácter superficial de las comunicaciones, de ahí que muchos formadores o asesores de comunicación defiendan que el político actual, si desea tener éxito, debe saber manejarse con este lenguaje digital y con un estilo propio de los shows televisivos, dejando a un lado la argumentación.

La coherencia entre quién se es y la imagen que se exhibe es básica para confiar y depositar nuestro destino en alguien. Y es precisamente la confianza la que está herida. Desde este punto de partida, la cuestión es si los ciudadanos vamos a confiar en un político que muestre habilidades sociales para “batallar en corto”[1] y exhibir un lenguaje de impacto para manejarse en las tertulias televisivas.

Es cierto que no es suficiente con tener buenas ideas e intenciones, es preciso saber comunicar para expresar con precisión y emoción coherente lo que se pretende. Pero la oratoria, en los representantes del pueblo español, adolece en la actualidad  de la más elemental formación. Dominar “el arte de buen decir” requiere manejar las ciencias del saber: la filosofía, la lógica, la psicología, la historia, las ciencias sociales, el derecho, la sociología y todas aquellas que están en relación con  la vida del hombre. Poco tiene que ver esto con el asesoramiento en un par de clases y con las exhibiciones prediseñadas ante un público. No, la formación oratoria es algo mucho más compleja, más grandiosa. Se necesita estudio, lectura, inteligencia, inventiva, y sobre todo práctica, repetición.

La buena formación tiene que ver con el dominio de los medios comunicativos: el dialogo, el debate -que es la fuerza intelectual de más alto nivel del ser humano- y, como no, el discurso. Es preciso saber, conocer, dominar cada uno de estos medios comunicativos, pero todo ello amparado por la razón, la argumentación.

El dominio de la argumentación de lo verosímil, del porqué  digo lo que digo, del razonamiento para hacerme comprender mejor, permite reflexionar sobre las ideas y también descubrir a quien las porta. Transmitir el porqué de las cosas, de las opiniones, es algo crucial para el desarrollo de la Democracia. Recordemos a Cicerón: “Sin argumentación no hay discurso”. Pero todo lo que lleva tiempo y reflexión rompe con el ritmo televisivo, queda apartado, es más, es peligroso porque puede llevar al conocimiento de las verdaderas intenciones, de la personas.

Una sabia construcción y argumentación de las ideas no puede hacerse en un laboratorio, apartado de los ciudadanos. El faraón Ptahhotep decía: “Aquellos que tienen que escuchar las quejas y los gritos de su pueblo deben armarse de paciencia. Porque el pueblo quiere que se le preste atención a lo que dice, más que resolverse aquello por lo que viene”. Escuchar las voces, los anhelos, y empatizar con lo que verdaderamente importa a las personas es un ejercicio difícil de fingir, no queda más remedio que practicarlo en el contacto directo, pero a algunos políticos y a sus asesores les queda poco tiempo para remediarlo.

Nelson MandelaLa elocuencia es la razón apasionada, decía Platón, y la pasión del buen político debe emerger no  de la dramatización fingida sino de la verdadera adhesión a las metas y a su pueblo, una  característica esencial y común entre los grandes líderes de la historia de la humanidad y que es  preciso no olvidar. Para seducir es necesario antes estar seducidos, nos advertía Aristóteles. Y de  este apasionamiento por llevar a los ciudadanos a una situación mejor surge el gesto espontáneo,  la sonrisa sincera, la voz emocionada…

 Si el político entra en este mundo guiado por el “experto” serio, preparado, conocedor de  la “técnica” o “arte oratorio” no solamente se hará comprender de forma sencilla sino que creará en sus oyentes, la confianza, el respeto, el ejemplo y después la admiración. Acercarse y tocar al ciudadano, tomar en brazos a un bebé, escuchar sin oír a la anciana… son gestos vacuos de un político de altura, sino va acompañado de mucho más, conscientes de que al pueblo no se le representa con estos gestos para la ocasión.

El político, no debe olvidar que la democracia se nutre del disenso, del desacuerdo y esto requiere aceptar las reglas de las discrepancias, y que debe dirimirlas, no con la fuerza, no con la  coacción, no con la violencia, sino con el arma más persuasiva que posee el  hombre, la palabra. Pero la palabra debe de ir sustentada, arropada por la argumentación verosímil, lo decía Protágoras de Abdera: “Sobre todas las cosas hay siempre dos puntos de vista”.

Mucho trabajo tienen nuestros políticos por delante y mucho empeño deben poner los nuevos hacedores de la comunicación para distinguir bien.  Parafraseando al maestro Rumi: “Existe oro falso porque existe el verdadero”.

 

Autores: Antonio Guerrero y Carmen Loureiro


[1] Basado en el artículo publicado en El País, Los políticos vuelven a la escuela, de Luis Gómez, publicado el 27-11-2014).

Seminario Oratoria 2014-2015

El próximo viernes 10 de octubre, se presenta la VII edición del Seminario de Oratoria y Argumentación Jurídica, que se impartirá a lo largo del curso 2014-2015 en la Facultad de Derecho de la UAH. Este seminario está dirigido a todos los estudiantes de grado y posgrado que deseen mejorar sus habilidades de comunicación y, en concreto, su capacidad para influir en una audiencia o en un tribunal, argumentar posturas contrarias y expresar eficazmente las ideas a través del discurso.

El seminario se desarrolla en un ambiente distendido, combinando la participación activa de los asistentes, la preparación teórica -a través de lecturas y reflexiones de las lecturas clásicas de los filósofos griegos o de las científicas más actuales-, el análisis de los discursos más sobresalientes de la historia y el entrenamiento individualizado de los recursos verbales y no verbales. Todo ello con el fin de pulir el propio estilo personal y lograr expresarse de forma eficaz y libre de ansiedad.

Las clases se desarrollarán todos los viernes de 10h a 12h de la mañana en la Facultad de Derecho de la UAH y el seminario iniciará sus clases el 17 de octubre próximo. Si te interesa conocer el programa puedes consultar en: http://www3.uah.es/cultura/

ORGANIZA: Vicerrectorado de Extensión Universitaria y Relaciones Institucionales
www.uah.es/cultura. - Correo-e: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
INFORMACIÓN Y CONTACTO: Secretaria Extensión Universitaria. Tef: 91-8854157 / 4090 / 4693.
Director: Enrique Sanz Delgado - Director del Programa: Antonio Guerrero Labrador

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El arte de “Hablar en Público” nació en Siracusa (Sicilia) hace ya 2500 años, adquirió una enorme relevancia durante los siglos XIX y primeras décadas del XX en las escuelas europeas y, en la actualidad, las Universidades más prestigiosas del mundo vuelven a incluir en sus programas esta formación debido a la gran importancia que tiene en el desempeño de la vida profesional.

La retórica, o arte de bien decir, nos aporta las reglas para persuadir por medio del lenguaje. El primer testimonio de esta técnica o ciencia del lenguaje la encontramos en Sicilia, en el siglo V a C. Este fenómeno cultural e intelectual fue consecuencia de otro acontecimiento político: En la primavera del año 465 a C, es expulsado el tirano Trasíbulo, lo que condujo a la libertad democrática de toda Sicilia. Las tensiones y controversias legales, creadas en el régimen anterior, dio lugar a procesos judiciales que debían resolverse en debates públicos, donde el ciudadano debía defender sus derechos de manera personalísima, ya que no era permitido que otra persona hablara por él. Para facilitarlo, los siracusanos Córax y Tisias idean un método perfectamente organizado de debate y discurso, a fin de solicitar ante los tribunales (asamblea) la restitución de sus derechos. De este modo, el orador seguía una serie de pasos: Empezaba apaciguando a los elementos alborotadores, con palabras amables y halagadoras. Después calmaba y silenciaba a la gente, hablaba como si contara una historia, después resumía y recordaba lo ya dicho. Con esto el ciudadano lograba persuadir a la asamblea de igual forma que antes convencía a un solo hombre. Esta estructura (exordio, narración, argumentación y epilogo…) ha permanecido inalterable hasta nuestros días. También se ha conservado, durante siglos, la relevancia del aprendizaje del buen decir como método principal de desarrollo intelectual y social.

 

En la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, que constituye la esencia de la democracia y se hace patente y viva en los tres derechos del hombre a esa igualdad, a saber, el derecho al voto, el derecho a ejercer el poder público con los honores debidos y el derecho a expresar la propia opinión sin coacción ni censura previa, sin duda, es esto último la piedra angular en toda concepción democrática de la sociedad libre. Sin la facultad de hablar libremente, exponiendo el propio parecer para la mejor decisión y deliberación acerca del bien común, no puede existir verdadera democracia. Esta característica descubierta por los griegos, padres de la libertad europea, no ha perdido vigencia en las democracias modernas. Por esta, entre otras muchas razones, el arte de hablar en público ha sido la más mimada criatura de la Democracia. De ahí que la Democracia haya sido rica siempre en buenos oradores.

 
Pocas disciplinas se pueden parangonar con la que nos ocupa en cuanto a su importancia, ya no sólo desde el punto de vista cultural, sino también educativo. Aristóteles fue la primera persona que se dio cuenta de que el estudio de la retórica es el estudio de la humanidad misma. Cabe destacar, en este sentido, que en la Antigüedad y la Edad Media, la retórica ocupaba un tercio de la educación básica en Europa, y en nuestro país se estuvo impartiendo esta enseñanza en institutos y en la Universidad hasta bien entrado el siglo XX, que desapareció de los planes de estudio. Sin embargo, en la actualidad se ha vuelto a considerar su importancia y las universidades más prestigiosas del mundo incluyen dicha formación en sus programas, con el fin de capacitor a sus alumnos para el ejercicio profesional.

 
En sintonía con este creciente interés, también en nuestro país, políticos, juristas, investigadores, filósofos, hombres de negocios y en definitiva estudiosos de cualquier rama del saber demandan el aprendizaje del buen decir. Una buena exposición del tema, una hábil manifestación de los argumentos y una brillante transmisión de propuestas de la palabra eficaz, en la fórmula adecuada, en el poder sugestivo y persuasivo del orador, es casi siempre garantía de éxito. Y es que…

La cosa mejor, dicha de la mejor manera, persuasiva y convincente, exige consecuentemente hombres que sepan mejor y mejor digan lo que mejor conviene a todos.

 


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